Tarantino y yo
Son muchos los seres humanos que adoran el universo Tarantino. Como me encuetro entre las filas de los defensores acérrimos de este cineasta indómito y singular, no puedo dejar de dedicar mi primer artículo al que considero uno de los cinco mejores directores de los últimos quince años.
Lo primero que debe quedarle claro a todo el mundo es que Quentin Tarantino no es un cinéfilo. Lejos de encontrarse estancado en ese baul rancio y caduco que es la cinefilia, Tarantino siempre se ha manifestado orgulloso de pertenecer a las filas de los cinéfagos. Sí, el director de Pulp Fiction es un auténtico ratón de videoclub, un rastreador de perlas entre la basura, un buscador de joyas procedentes de la subcultura "nerd" más radical -que diría el genial Jordi Costa-, un adorador de lo pop por encima de vanidades intelectuales. Porque el cinéfago lo mismo ve con suma atención una película de Jackie Chan que un film de Dreyer sin despeinarse lo más mínimo ni padecer por ello esquizoides efectos secundarios. Pero es mucho más. Si de algo hace gala este hombre vestido de negro es de saber reciclar como nadie todo lo que le gusta o le impresiona, ya que, ¿hay alguna película tarantiniana que sea en esencia puro Tarantino? Pues todas y ninguna. Para el aficionado de "blockbuster" quizás su estilo sea el colmo de la originalidad. Sin embargo, el iniciado en las artes cinéfagas se percata de que cuando visiona Reservoir dogs está viendo un City on fire excretado por un ingenioso gamberro. Cuando ve Jackie Brown se sabe ante un reinterpretación de todo el blaxploitation -de Coffy a Las navajeras, pasando por Foxy Brown-. Y cuando contempla la obra magna que es Kill Bill está seguro de que Truffaut jamás hubiera llevado tan lejos La novia vestía de negro.
Y es que Quentin T. es un ser humano que bebe de las fuentes más diversas y las trasforma y regurgita en forma de diamantes de celuloide o misterioso maletín del que surge un brillo dorado e hipnótico, percibiendo el detalle, apropiándose de una pincelada de Peckinpah, de otra de Godard, del influjo del cine de Hong Kong o de una hamburguesa con queso y un sorbo de Sprite. Pongamos un ejemplo: un niño de unos siete años va al cine con su madre un día de algún mes de 1972. Ante la pantalla blanca surge el icono de la Warner Bros y unas voces varoniles en off, tras lo cual aparece un paisaje montañoso. En un momento del film, un hombre sufrirá una violación a manos de un "redneck" impactando profundamente a ese niño que no es otro que el director que nos ocupa. La película se llamó Deliverance -un peliculón de obligado visionado como todo lo que hace John Boorman, sea una locura como Zardoz o una obra maestra como Excalibur- y marcó tanto a nuestro Quentin que muchos años después volveríamos a ver una agresión similar en Pulp Fiction. Cosas como esta , esas "pequeñas diferencias" -que diría Vincent Vega- son las que llenan de encanto su cine y las que hacen a Tarantino grande de verdad.
Guiños cinéfagos como los citados pueden parecer facilones o anecdóticos a los ojos del espectador "amebado" o del intelectualoide cinéfilo-purista-ortodoxo, pero nada más lejos de la verdad. Sólo hay que observar a los imitadores de Tarantino para percatarse de que no es tan fácil "guiñar" al fan del cinema con estilo. Aunque en realidad me estoy deteniendo demasiado en detalles, así que iré al grano: Tarantino es un ratón "colorao", un perro verde del cine mundial y un genio porque es capaz de tomar la obra de otro autor y -desde el más absoluto respeto y admiración hacia el cineasta al que "saquea"- hacer con ella algo único, ambicioso y diferente. Como ya he dicho, sólo él puede plagiar city on fire de Ringo Lam y crear una oda al cine negro casi insuperable como Reservoir dogs o Tomar la línea argumental de La novia vestía de negro y volcar ahí kilotones de sabiduría cinéfila mezclada con miles de obsesiones y filias personales.
Pero la complejidad de si cine abarca mucho más. Recordando la -falsa- complejidad del guión de Pulp Fiction vemos como Tarantino donde mejor se desemvuelve es en el terreno del flash-back y de la narración forzada y retorcida hasta el límite. Pero, como ya hemos dicho, sin prescindir jamás de los detalles -Momentos como la secuencia de apertura de Pulp Fiction en la que, en un momento dado, escuhamos de fondo a Vincent Vega, son realmente impagables o la mirada que Buch le echa a Vincent en su primer encuentro en plan "esta te la guardo" para presenciar después que el boxeador acabará con la vida de nuestro ganster-.
Podría tirarme horas escribiendo sobre el universo de este cineasta -esos trajes de chaqueta que llevan los "gangs" de sus films sacados de El código del Hampa, los homenajes musicales a Las vampiras de Jess Franco, las cerraduras que se abren con el 666, visitas al cine de Almodóvar, los exquisitos gustos musicales, el fetichismo podal exacerbado...-, pero por ahora con esto es suficiente. No tardaré mucho en volver al mundo Tarantino. Hasta entonces, postrémonos ante sus films y adoremos la obra de un cineasta insobornable.